Arquitectura sonora: diseñar el espacio desde el sonido
Por Christopher Manhey
A traves del tiempo, tras dedicarme a la composicion y produccion musical, a estudiar campos como el Paisaje Sonoro y la Ecología Acústica, que me llevaron a investigar sobre audio inmersivo y sus diferentes expresiones, me encuentro en una fase donde entiendo el sonido como algo que además, construye espacios.
Cuando hablamos de arquitectura sonora hablamos de una práctica híbrida: técnica, perceptiva y poética a la vez. Una disciplina donde el sonido deja de ser una capa añadida para convertirse en un sistema estructural, capaz de definir límites, recorridos, tensiones y estados de presencia. Esta visión se volvió especialmente tangible en nuestra intervención realizada en MUTEK MX, en el marco de sus 20 años: una intersección entre la composición, espacio e interacción con la audiencia.
Campo sonoro como instrumento
Tradicionalmente, el audio ha sido tratado como un fenómeno contenido: altavoces que apuntan hacia una audiencia, un escenario que emite y un público que recibe. Esa lógica es heredera del teatro y del concierto frontal, y también del estéreo como paradigma técnico.
El audio inmersivo rompe esa jerarquía.
Técnicamente, pasamos de un sistema basado en canales a uno basado en objetos y campos. Ya no hablamos únicamente de izquierda y derecha, sino de coordenadas tridimensionales: posición, altura, profundidad, trayectoria, divergencia. El sonido deja de ser una línea para convertirse en un volumen.
Un campo sonoro no es la suma de parlantes: es el resultado emergente de múltiples fuentes interactuando con un espacio real. Reflexiones tempranas, colas reverberantes, difracción, absorción, cancelaciones. Todo eso ya no es un “problema acústico” que intentamos eliminar, sino parte activa del diseño. La arquitectura deja de ser neutra. Se vuelve un instrumento y elemento más de la narrativa de la obra.
Mis primeros acercamientos a esto se dieron cuando trabajé junto a Monom en Berlín. Este estudio trabaja con la tecnología 4DSOUND y un sistema de parlantes omnidireccionales. Realizamos instalaciones en lugares poco convencionales como fábricas en desuso, palacios de la realeza y uno que en definitiva me inspiró a investigar más sobre el fenómeno acústico. El “halle am Berghain” que es un espacio anexo al famoso club techno de Berlín, utilizado para eventos de arte, exposiciones, conciertos e instalaciones, no para la fiesta regular del club, aprovechando su arquitectura industrial única para experiencias sonoras y visuales que fusiona música, arte y tecnología. Es un lugar donde la atmósfera industrial brutalista se convierte en un «organismo acústico», ofreciendo una experiencia cultural diferente a la de las pistas de baile principales.
En ese entonces estábamos trabajando para el lanzamiento de una colección junto a Dasha Rush (composición) y Candela Capitan que dirigía un cuerpo de baile que interactuaba con el espacio, máquinas, la música y su diseño espacial.
En esa ocasión instalamos un sistema 60.12, 03 corridas en el eje vertical de 20 speakers cada uno custodiado por 12 subwoofers. El desafío no era menor ya que el “halle” con su altura y muros de concreto tenían alrededor de 8 segundos de decay.
Realizamos una pre producción en el estudio de Monom y al llegar y reproducir la obra nos dimos cuenta que la reverb natural de esta criatura brutalista tenía mucho que decirnos.
Así me di cuenta que lo interesante no era comenzar una batalla acústica con el espacio sino que convivir con él y realzar la belleza de sus características resonantes.




Worship Sound Spaces y el sonido como estructura ritual
El libro Worship Sound Spaces ha sido uno de los pilares de como amplié mi perspectiva sobre el sonido como materia. Plantea una idea que resuena profundamente con nuestra práctica, el sonido puede organizar la experiencia colectiva del mismo modo que lo hace la arquitectura sagrada. No como ornamento, sino como estructura que guía atención, emoción y comportamiento.
Los espacios de culto no pueden comprenderse únicamente desde su forma visible. Su verdadera arquitectura se despliega en una dimensión simultáneamente material e inmaterial, donde el sonido cumple un rol estructural en la experiencia del lugar.
El libro propone que la construcción y restauración del patrimonio arquitectónico —especialmente en contextos religiosos— exige una mirada interdisciplinaria. Arquitectos, ingenieros, historiadores, acústicos y antropólogos convergen no sólo para preservar muros y sus materiales, sino para cuidar algo mucho más frágil y complejo: la atmósfera sonora que ha sido moldeada durante siglos de rituales, usos y prácticas colectivas.
Desde esta perspectiva, el sonido no es un fenómeno accesorio ni una consecuencia accidental del espacio construido. Es una condición esencial de su significado. Las iglesias, templos y lugares de adoración han sido históricamente diseñados para albergar presencias invisibles, para amplificar la voz, el canto, el silencio, la reverberación como manifestaciones sensibles de lo trascendente. El sonido, en estos espacios invoca. De este principio me hace pensar sobre la teoría de la asociación que hemos creado a “la voz de dios” y lo divino como algo extremadamente reverberante, hay fuentes que dicen que esta concepción viene de cuando eramos seres que vivíamos en las cavernas y a partir de ahí nace este supuesto, en fin…
Aquí emerge una idea central que resuena profundamente con nuestra práctica en Omni: los espacios sonoros son sistemas complejos donde lo físico y lo simbólico coexisten. Materiales, superficies y volúmenes condicionan el sonido, aunque son los cuerpos, las voces y los rituales los que terminan de componer el paisaje sonoro. El espacio se activa a través del uso, y el sonido es el mediador entre arquitectura y experiencia.
Metáforas técnicas: sonido como materia
El sonido como materia invisible a los ojos, tiene la particularidad de afectarnos en múltiples formas, existen sonidos que pesan, frecuencias que sostienen, capas que envuelven y silencios que respiran.
Pero estas metáforas no son solo poéticas: describen comportamientos físicos reales. Las frecuencias graves ocupan un volumen que puede abordar kilómetros de distancia. Los agudos definen límites, exaltan emociones. El movimiento sitúa, genera orientación, revela estructuras, interacciones rítmicas, armónicas y melódicas. El silencio permite que el sistema y nuestra mente se reconfigure.
Diseñar arquitectura sonora es entender estas fuerzas y organizarlas en equilibrio. Es aceptar que el sonido, como la arquitectura, son formas de entender múltiples realidades.
Cultura de la escucha
En un mundo saturado de estímulos visuales y sonoros, trabajar con campos sonoros es una invitación a escuchar de otra forma: más lenta, más profunda, más presente. A entender el sonido como una experiencia compartida, incluso en contextos cotidianos. La simpleza de escuchar se vuelve un acto radical. Escuchar música y el sonido en todas sus formas y colores. Escucharnos entre nosotros…
Creo sinceramente que podríamos habitar mejor el presente. Muchas veces queda enterrado entre los recuerdos del pasado y las expectativas de un futuro que aún no existe. La escucha, al igual que la respiración, es un acto de presencia. Nos ancla, nos orienta, nos sitúa en el instante preciso en que la vida se está desplegando.
Cultivar la escucha implica también compartir el silencio, permitir que las emociones se expresen sin mediación, reconectarnos. Implica dejar de desplazarnos constantemente —de procrastinar, de anticipar— y volver aquí. Relacionarnos con el arte en sus múltiples dimensiones desde la sencillez, sin exigirle siempre estímulo, impacto o distracción.
Es entretenido, sí, pero no todo puede ni debe ser entertainment. Vivimos un momento de sobreestimulación permanente, una especie de gula colectiva por mantener nuestros niveles de dopamina en un punto artificialmente alto. Frente a eso, la escucha profunda aparece como un gesto contracultural: un espacio de pausa, de regulación y de sentido. Un lugar donde el sonido no nos empuja hacia adelante, sino que nos devuelve al centro.
Históricamente, la música y las artes han sido mucho más que entretenimiento. Han sido herramientas de reflexión, de movilización social, de expansión de conciencia. Nos han permitido pensar el mundo, cuestionarlo y también imaginar otros posibles. A través del arte hemos intentado comprender el universo, recuerdo cuando realizamos “Horizontes en Fuga” en el Observatorio ALMA que es el observatorio más potente que ha construido la humanidad hasta la fecha que escribo esto. Al finalizar la obra, uno de los directores de ALMA me llamó con voz fuerte y tozuda: “Señor Manhey! exclamó. Gracias por ayudarnos a comprender lo que investigamos cada dia y cada noche en este lugar, me dijo con un efusivo apretón de manos.
El arte siempre ha sido fundamental para proyectar desde una perspectiva más amplia las fórmulas matemáticas y físicas que resolvemos día a día. Ahí comprendí cómo los artistas, en este caso visuales, han ayudado enormemente a dar forma visual y tangible a esas infinitas fórmulas científicas de sus pizarras.
Hemos encontrado consuelo, identidad y sentido, lo invisible y lo colectivo; La música ha acompañado rituales, procesos de duelo, celebraciones y, también, ha sido motor de transformación social: ha amplificado voces, sostenido luchas y demandas por derechos y dignidad.
No todo puede —ni debe— ser entretenimiento. Reducir la música y las artes a un producto de consumo inmediato es despojarlas de una de sus funciones más profundas. Tal vez sea momento de volver a situarlas, como sociedad, en el lugar que pertenecen, no como ruido de fondo ni como distracción constante, sino como prácticas esenciales para pensarnos, escucharnos y construir un presente más consciente, sensible y así tal vez, proyectar un futuro.






